31 jul. 2007

Cristianos y nazis





Porcentaje de católicos en Alemania (1934)




Porcentaje de votos nazis en Alemania (31 de julio de 1932)

Cristianos y nazis /1


A cien años del nacimiento de Hitler, queremos hacer una puntualización. Está dedicada a aquellos católicos que sólo entonan el mea culpa en respuesta al viejo coro de acusaciones, como si la Iglesia fuera la responsable de aquel cristiano austriaco.

Pero la verdad es ésta: en mayor o menor medida, todos comparten la responsabilidad de lo acaecido entre 1933 y 1945. Sin embargo, si Alemania hubiera sido católica, no habría responsabilidades que echarse en cara: el nacionalsocialismo habría seguido siendo una facción política impotente y folclórica.

Primero fueron Lutero y sus sucesores y luego, en el siglo XIX, Otto von Bismarck, quienes intentaron, con toda la violencia a su alcance, desterrar de Alemania el catolicismo, considerado como una sumisión a Roma indigna de un buen patriota alemán. El «Canciller de Hierro» definió su persecución de los católicos como Kulturkampf, «lucha por la civilización», con el fin de separarlos por la fuerza del papado «extranjero y supersticioso» y hacerlos confluir en una activa Iglesia nacional, al igual que pretendían los luteranos desde siglos atrás. No lo consiguió y al final fue él quien se vio obligado a ceder (sin embargo, la fidelidad a Roma fue hasta 1918 una deshonra que impedía el ascenso a los altos escalafones del Estado y del Ejército).

Después de la Reforma luterana, sólo un tercio de los alemanes siguió siendo católico. Hitler no llegó al poder mediante un golpe de Estado, lo hizo con toda legalidad, mediante el democrático método de elecciones libres. No obstante, en ninguna de aquellas elecciones obtuvo mayoría en los Länder católicos, los cuales, obedientes (entonces lo eran...) a las indicaciones de la jerarquía, votaron unidos, como siempre, por su partido, el glorioso Zentrum, que ya había desafiado victoriosamente a Bismarck y que también se opuso a Hitler hasta el último momento.

Y esto fue (dato que se olvida pronto), lo que no hicieron los comunistas, para quienes, hasta 1933, el enemigo principal no era el nazismo, sino la «herética» socialdemocracia. Se ha hecho todo lo posible para que olvidemos que Hitler nunca habría desencadenado la guerra sin la alianza con la Unión Soviética que, en 1939, bajó al campo de batalla con los nazis para dividirse Polonia. Y fueron los soviéticos quienes, al librar a Hitler de la amenaza del doble frente, le permitieron llegar hasta París, después de conquistar Varsovia. Hasta la «traición» de Hitler en el verano de 1941, las materias primas rusas sostuvieron el esfuerzo germano durante sus buenos veintidós meses. Los motores de los carros de combate nazis del Blitz en Polonia y en Francia y los aviones de la batalla de Inglaterra rodaron con el petróleo de la soviética Bakú. Hasta esa fecha, en los países ocupados, como Francia, los comunistas locales obedecían las directrices de Moscú y estaban de parte de los nazis, no de la resistencia.

Sirvan estos hechos por las décadas de alardes de «importantes méritos antifascistas» del comunismo internacional, tan predispuesto a definir a los católicos (los «clérigo-fascistas») de encubridores de la gran tragedia. No son méritos los que ostentan los comunistas sino responsabilidades gravísimas. Al nazismo no lo venció de ningún modo la iniciativa de Stalin, quien, por el contrario, se sintió traicionado por el ataque imprevisto de la aliada Berlín. Lo venció la resistencia, de cuyos méritos intentó luego apropiarse el marxismo, tras una decisión tardía y obligada por el revés alemán.

El nazismo cayó gracias a la obstinación de Inglaterra, que consiguió atraer tras de sí a la potencia industrial americana y que, de acuerdo con su política tradicional más que por motivos ideales (el propio Churchill había sido admirador de Mussolini y tuvo palabras de aprecio y elogio para Hitler; además, el partido fascista local recogía simpatía y apoyo en la isla), nunca había soportado la existencia de una potencia hegemónica en la Europa continental. Así había ocurrido con Napoleón y la entrada en la guerra de 1914: ésta no fue una guerra de principios sino de estrategia imperial. A principios de siglo, la Gran Bretaña victoriana no había mostrado intenciones y procedimientos muy distintos de los de la Alemania hitleriana contra los bóers sudafricanos. Por desgracia, en política (y en la guerra, que es su continuación), no existen los paladines de ideal inmaculado.

Volviendo al ascenso de Hitler, recordaremos que, también en las decisivas elecciones de marzo de 1933, los Länder protestantes le proporcionaron la mayoría, pero las zonas católicas lo mantuvieron en minoría. El presidente Hindenburg, respetando la voluntad de la mayoría de los electores, confió la cancillería a aquel austriaco de cuarenta y cuatro años, de orígenes oscuros (quizás parcialmente judío, según algunos historiadores). El 21 de marzo, día de la primera sesión del Parlamento del Tercer Reich, Goebbels proclamó el «Día de la Revancha Nacional». Las solemnes ceremonias se abrieron con un servicio religioso en el templo luterano de Postdam, antigua residencia prusiana.

Joachin Fest, el biógrafo de Hitler, escribe: «Los diputados del católico Zentrum tenían permiso para entrar en el servicio religioso (luterano) de la iglesia de los santos Pedro y Pablo sólo por una puerta lateral, en señal de escarnio y venganza. Hitler y los jerarcas nazis no se presentaron “a causa –dijeron– de la actitud hostil del obispado católico”. “La famosa foto de Hindenburg estrechando la mano de un Hitler vestido con casaca se realizó en los escalones del templo protestante. «Inmediatamente después –escribe Fest– el órgano entonó el himno de Lutero: Nun danket alle Gott, “y que ahora todos alaben a Dios”. Era el principio de una tragedia que vería el asesinato de cuatro mil sacerdotes y religiosos católicos, por el mero hecho de serlo.

Desde 1930, en la Iglesia luterana los Deutschen Christen (los Cristianos Alemanes) se habían organizado siguiendo el modelo del partido nazi en la «Iglesia del Reich» que sólo aceptaba a bautizados «arios». Después de las elecciones de 1933, Martin Niemoller, el teólogo que luego se pasó a la oposición, «en nombre –escribió– de más de dos mil quinientos pastores luteranos no pertenecientes a la “Iglesia del Reich”», envió un telegrama a Hitler: «Saludamos a nuestro “Führer”, dando gracias por la viril acción y las claras palabras que han devuelto el honor a Alemania. Nosotros, pastores evangélicos, aseguramos fidelidad absoluta y encendidas plegarias».

Se trata de una larga y penosa historia que, también en julio de 1944, tras el fallido atentado a Hitler, mientras lo que quedaba de la Iglesia católica alemana guardaba un profundo silencio, los jefes de la Iglesia luterana enviaban otro telegrama: «En todos nuestros templos se expresa en la oración de hoy la gratitud por la benigna protección de Dios y su visible salvaguarda». Una pasividad, que, como veremos, no fue casual.

Cristianos y nazis /2

La historia no perdona. Tal vez deje que pasen los siglos, pero a la larga no se olvida de nadie, llevando la luz a todos los rincones. En este tout se tient, todo encaja, incluida la relación directa entre la reforma luterana y la docilidad alemana frente al ascenso del nacionalsocialismo, por un lado, y, por el otro, la fidelidad absoluta al régimen hasta el fin, pese a alguna excepción tan heroica como aislada.

Recordábamos cómo, ya desde 1930, los protestantes se organizaron en la «Iglesia del Reich» de los Deutschen Christen, los «Cristianos Alemanes», cuyo lema era: «Una nación, una Raza, un Führer». Su proclama: «Alemania es nuestra misión, Cristo nuestra fuerza». El estatuto de la Iglesia se modeló según el del partido nazi, incluido el denominado «párrafo ario» que impedía la ordenación de pastores que no fueran de «raza pura» y dictaba restricciones para el acceso al bautismo de quien no poseyera buenos antecedentes de sangre.

Entre otros documentos que han de hacer reflexionar a todos los cristianos, pero de manera muy especial a los hermanos protestantes, citamos la crónica enviada por el corresponsal en Alemania del acreditado periódico norteamericano Time, publicado en el número que lleva fecha del 17 de abril de 1933, es decir, un par de meses después del ascenso a la cancillería de Hitler:

«El gran Congreso de los Cristianos Germánicos ha tenido lugar en el antiguo edificio de la Dieta prusiana para presentar las líneas de las Iglesias evangélicas en Alemania en el nuevo clima auspiciado por el nacionalsocialismo. El pastor Hossenfelder ha comenzado anunciando: “Lutero ha dicho que un campesino puede ser más piadoso mientras ara la tierra que una monja cuando reza. Nosotros decimos que un nazi de los Grupos de Asalto está más cerca de la voluntad de Dios mientras combate, que una Iglesia que no se une al júbilo por el Tercer Reich”». [Alusión polémica a la jerarquía católica que se había negado a «unirse al júbilo». N. del e.]

El Time proseguía: «El pastor doctor Wieneke-Soldin ha añadido: “La cruz en forma de esvástica y la cruz cristiana son una misma cosa. Si Jesús tuviera que aparecer hoy entre nosotros sería el líder de nuestra lucha contra el marxismo y contra el cosmopolitismo antinacional”. La idea central de este cristianismo reformado es que el Antiguo Testamento debe prohibirse en el culto y en las escuelas de catecismo dominical por tratarse de un libro judío. Finalmente, el Congreso ha adoptado estos dos principios: 1) “Dios me ha creado alemán. Ser alemán es un don del Señor. Dios quiere que combata por mi germanismo”; 2) “Servir en la guerra no es una violación de la conciencia cristiana sino obediencia a Dios”».

La penosa extravagancia de los Deutschen Christen no fue la de un grupo minoritario sino la expresión de la mayoría de los luteranos: en las elecciones eclesiásticas de julio de 1933 los «cristonazis» obtenían el 75 % de los sufragios de parte de los mismos protestantes que, a diferencia de los católicos, en las elecciones políticas habían asegurado la mayoría parlamentaria al NSDAP (el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes).

Todo esto (como ya anticipábamos) no es casual, sino que responde a una lógica histórica y teológica. Como explica el cardenal Joseph Ratzinger, un bávaro que en 1945 tenía dieciocho años y estaba alistado en la Flak, la artillería contraaérea del Reich: «El fenómeno de los “Cristianos Alemanes” ilumina el típico peligro al que está expuesto el protestantismo frente al nazismo. La concepción luterana de un cristianismo nacional, germánico y antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a la tradición de una Iglesia de Estado y del fuerte énfasis puesto en la obediencia debida a la autoridad política, que es natural entre los seguidores de Lutero. Precisamente por estos motivos el protestantismo luterano se vio más expuesto que el catolicismo a los halagos de Hitler. Un movimiento tan aberrante como el de los Deutschen Christen no habría podido formarse en el marco de la concepción católica de la Iglesia. En el seno de esta última, los fieles hallaron más facilidades para resistir a las doctrinas nazis. Ya entonces se vio lo que la Historia ha confirmado siempre: la Iglesia católica puede avenirse a pactar estratégicamente con los sistemas estatales, aunque sean represivos, como un mal menor, pero al final se revela como una defensa para todos contra la degeneración del totalitarismo. En efecto, por su propia naturaleza, no puede confundirse con el Estado –a diferencia de las Iglesias surgidas de la Reforma–, sino que debe oponerse obligatoriamente a un gobierno que pretenda imponer a sus miembros una visión unívoca del mundo».

En efecto, el típico dualismo luterano que divide el mundo en dos Reinos (el «profano» confiado sólo al Príncipe, y el «religioso» que es competencia de la Iglesia, pero del cual el propio Príncipe es Moderador y Protector, cuando no su Jefe en la tierra), justificó la lealtad al tirano. Una lealtad que para la mayoría de los cargos de la Iglesia protestante se llevó hasta el final: ya vimos el mensaje enviado al Führer cuando, después de escapar del atentado de julio de 1944, ordenó acabar con la conjura (en la que estaban implicados, entre otros, oficiales de la antigua aristocracia y la alta burguesía católica) con un baño de sangre.

Si en la época del ascenso al poder del nazismo no hubo movimientos de resistencia apreciables, ya en 1934 una minoría protestante se aglutinaba en torno a la figura no de un alemán sino del suizo Karl Barth, tomando distancias respecto a los Deutschen Christen y organizándose luego en el movimiento de la «Iglesia confesante», que tuvo sus propios mártires, entre ellos al célebre teólogo Dietrich Bonhoffer. Sin embargo, como menciona Ratzinger, «precisamente porque la Iglesia luterana oficial y su tradicional obediencia a la autoridad, cualquiera que fuera ésta, tendían a halagar al gobierno y al compromiso en servirlo también en la guerra, un protestante necesitaba un grado de valor mayor y más íntimo que un católico para resistir a Hitler». En resumidas cuentas, la resistencia fue una excepción, un hecho individual, de minorías, que «explica por qué los evangélicos –prosigue el cardenal– han podido jactarse de personalidades de gran relieve en la oposición al nazismo». Era necesario un gran carácter, enormes reservas de valor, una inusual convicción para resistir, precisamente porque se trataba de ir contra la mayoría de los fieles y las enseñanzas mismas de la propia Iglesia.

Naturalmente, dado que la historia de la Iglesia católica es también la historia de las incoherencias, de sus concesiones, de los yerros del «personal eclesiástico», no todo fue un brillo dorado ni entre la jerarquía ni entre los religiosos y fieles laicos.

Se ha discutido mucho, por ejemplo, acerca de la oportunidad de la firma en julio de 1933 de un Concordato entre el Vaticano y el nuevo Reich. Ya lo habíamos mencionado, pero vale la pena repetirlo, al igual que continuamente se repiten las acusaciones contra la Iglesia por este asunto.

En primer lugar hay que considerar –y esto, naturalmente, vale para todos los cristianos, sean católicos o protestantes– que hacía pocos meses desde el advenimiento a la Cancillería de Adolf Hitler, que todavía no había asumido todos los poderes y por lo tanto no había revelado al completo el rostro del régimen, cosa que sólo se aprestaría a hacer inmediatamente después. Recuérdese que hasta 1939, el primer ministro británico Chamberlain defendía la necesidad de una conciliación con Hitler y que el mismo Winston Churchill escribió (algo que, para mayor apuro de los aliados, recordarían los acusados en el Proceso de Nuremberg): «Si un día mi patria tuviera que sufrir las penalidades de Alemania, rogaría a Dios que le diera un hombre con la activa energía de un Hitler».

Joseph Lortz, historiador católico de la Iglesia, que vivió aquellos años en Alemania, su país, dice: «No hay que olvidar nunca que durante mucho tiempo, y de una forma refinadamente mentirosa, el nacionalsocialismo ocultó sus fines bajo fórmulas que podían parecer plausibles». Ahora nosotros juzgamos aquellos años sobre la base de la terrible documentación descubierta: pero sólo después. Como se demostró en el mismo Proceso de Nuremberg, sólo muy pocos de los miembros de las altas esferas sabían lo que en realidad estaba sucediendo en los campos de concentración (para judíos; pero también para gitanos, homosexuales, disidentes o presos comunes, en su mayoría eslavos). Las órdenes para la «solución final del problema judío» se mantuvieron con tal reserva que no tenemos ningún rastro escrito de las mismas, hecho que permite a los historiadores «revisionistas» poner en duda que hubiesen llegado a proclamarse.

En cualquier caso, en lo referente al Concordato de 1933 cabe señalar que no debía de ser un texto tan impresentable si, aunque con alguna modificación, todavía sigue vigente en la República Federal Alemana, limitándose casi a repetir los acuerdos firmados tiempo atrás con los Estados de la Alemania democrática prenazi. Recuérdese también que en 1936, apenas tres años después del pacto, la Santa Sede ya había presentado al gobierno del Reich unas 34 notas de protesta por violación del citado Concordato. Y como punto final a aquellas continuas violaciones, al año siguiente, en 1937, Pío XI escribió la célebre encíclica Mit brennender Sorge.

Pero luego, volviendo a las raíces del tema; los opositores a cualquier concordato, no entienden que éstos sean posibles en virtud de una concepción de la Iglesia que es preciosa, sobre todo en épocas dramáticas como aquéllas. Es la concepción católica de una Iglesia como sociedad anónima, independiente, con sus estructuras, su organización, su vicario terreno y cuyo único jefe y legislador es Jesucristo.

En resumen, una esperanza que toma realmente en serio la inaudita palabra del Evangelio: «Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios». Es extraordinariamente importante el hecho mismo de que un gobierno (y más uno como el del Führer), acepte pactar con la Iglesia, estableciendo derechos y deberes recíprocos: es el reconocimiento de que el hombre también tiene deberes con Dios, no sólo con el Estado. Es la afirmación de que el césar no lo es todo, como casi llega a hacer el protestantismo con la sofocante creación de las «Iglesias de Estado», al menos en lo que concierne a los hechos. Pese a sus inconvenientes y, pese, como en el caso del nazismo, a no ser siempre respetado, la mera existencia del Concordato confirma que a la larga existe otro poder capaz de resistir y vencer al poder terrenal.

Bien es verdad que, una vez declarada la guerra, el Concordato de 1933 fue para Berlín poco menos que papel mojado. Sin embargo, recordó a los creyentes perseguidos que en Europa no sólo existía el omnipotente Tercer Reich. También existía la Iglesia romana, desarmada pero temible hasta para el tirano que, por más que desafiara al mundo entero, no osó pedir a los paracaidistas que tenía situados en una Roma de la que había huido el gobierno italiano, que rebasaran las fronteras de la colina vaticana.

Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, 33-34. Título original: selección de Pensare la storia, La sfida delle fede y Le cose della vita.

18 jul. 2007

Euskalherria, foral y española



El amor de Iparraguirre a España y Euskalerria

José María Iparraguirre Balerdi (1820-1881), bersolari español, vasco, guipuzcoano y Voluntario del Rey Don Carlos V, es autor de muchas bellísimas canciones, como el Gernikako Arbola y el Ara nun diran, donde a su vuelta a España exclama cuando la divisa desde Hendaya:

“¡Ara España! ¡Lur hoberikan
ez da Europa guziyan!”.



«¡Ahí está España! ¡Tierra mejor

no la hay en Europa entera!».


Dice así este canto titulado en realidad Nere Etorrera lur maitera («Mi regreso a mi tierra querida»), silenciado su séptimo verso por los nacionalistas:

Nere Etorrera lur maitera

Ara nun diran mendi maiteac
ara nundiran celayac,
baserri eder zuri-zuriac,
iturri eta ibaiac.

Hendayan nago zoraturican,
zabal-zabalic beguiac.

¡Ara España! ¡Lur hoberikan
ez da Europa guziyan!

Gero pocic, bai, Donostiara,
Oquendoarren lurrera,
ceru polit au utzi bearra,
nere anayac, ¡au pena!

Iruchulueta maitagarria
lore tokia zu zera:
Veneziaren graci guciak
gaur Donostian ba dira.

¡Oh! Euscal-erri, eder maitea,
ara emen zure semea,
bere lurrari mun eguitera
beste gabe etorria.

Zuregatican emango nuke
pocic, bai, nere bicia;
beti zuretzat, il arteraño,
gorputz ta anima gucia.

Agur, bai, Donostiaco
nere anaia maiteac,
Bilbaotican izango dira
aita zarraren berriac;
eta gañera itz neurtuetan,
garbi esanez, eguiac,
Sudamerican zer pasatzan dan
jakin dezaten guciac.

Mi regreso a mi tierra querida

Ahí están los montes queridos,
ahí están los prados
los caseríos bellos, blancos, blancos,
las fuentes y los regatos.

Estoy en Hendaya loco de contento
anchos, anchos los ojos.

¡Ahí está España! ¡Tierra mejor
no la hay en Europa entera!

Luego, contento a San Sebastián,
a la patria de Oquendo,
cielo tan lindo tener que dejar,
¡qué pena, hermanos!

Iruchulo querido,
tú eres un florido jardín:
de Venecia las gracias todas
tiene nuestra Donostia.

¡Oh, Euskalerria hermosa y querida!
aquí está tu hijo,
que por besar tu suelo,
sin más, ha venido.

Por ti daría
contento mi vida;
para ti hasta la muerte,
cuerpo y alma del todo.

Adiós, pues,
hermanos queridos de Donostia,
desde Bilbao tendréis
del viejo padre noticias;
y además,
os contaré en verso
lo que pasa en Sudamérica
para que todos lo sepan.

Sobre la denominación Euskalerria*

Desde hace siglos existe un empleo generalizado de la denominación Euskalerria para designar un territorio con rasgos culturales bien definidos, por encima de fronteras político-administrativas y por encima también de las diferencias históricas. La denominación procede de las palabras vascas euskara + erri, literalmente “el país del euskara o del vascuence”, donde puede reconocerse la forma euskal, corriente en composición (cf. aizkora ‘hacha’, pero aizkol apustu ‘apuesta de hachas’, etc.). Hay que hacer notar igualmente que no resulta extraño el uso en plural: euskalerriak, cuyo sentido primigenio es asimismo “las tierras del vascuence”. El hecho de que se escribiera en minúscula es revelador de ese sentido original.

De este empleo general de Euskalerria da testimonio, entre otros muchos, Ioanes Leizarraga, “pastor” protestante muerto hacia 1605, autor de una traducción herética vasca del Nuevo Testamento, publicada en 1571. Al tratar de las dificultades para encontrar una modalidad comprensible por todos los lectores, escribe:

“... Batbederac daqui heuscal herrian quasi etche batetic bercera-ere minçatzeco manerán cer differentiá eta diuersitatea den”.

«... Cualquiera sabe qué diferencia y diversidad hay en la manera de hablar en Euskalerria casi de una casa a otra» (1).

Otro testimonio conocido es el del escritor navarro Pedro de Axular, autor del libro de ascética Gero (“Después”), de 1643. En el prólogo al lector (“Iracurtçailleari”), toca el mismo problema, expresándose así:

“Badaquit halaber ecin heda naitequeyela euscaraco minçatce molde guztietara. Ceren anhitz moldez eta differentqui minçatcen baitira euskal herrian, Naffarroa garayan, Naffarroa beherean, Çuberoan, Lappurdin, Bizcayan, Guipuzcoan, Alaba-herrian eta bertce anhitz leccutan”.

«Sé asimismo que no puedo llegar a todos los modos de hablar del vascuence. Pues se habla de muchas maneras y diferentemente en Euskalerria, en la Alta Navarra, en la Baja Navarra, en Zuberoa, en Lapurdi, en Vizcaya, en Guipúzcoa, en la tierra de Álava y en otros muchos lugares» (2).

En los siglos siguientes este empleo no retrocedió en absoluto. La aplicación expresa de Euskalerria (con diferentes grafías) a los siete territorios históricos es patente, por ejemplo, en las poesías Gauden gu eskualdun (“Permanezcamos nosotros vascos”) y Eskualdunak (“Los vascos”), del abate labortano Gratien Adéma (1828-1907), composiciones en que se mencionan las siete provincias tradicionales. Veamos, por ejemplo, una parte de la segunda:

Lapurdi, Nabarpe ‘ta Zubero, Eskualherriak Frantzian; Bizkai, Gipuzko, Alaba, Nabarro, berdin dire Espainian”.

«Lapurdi, Baja Navarra, Zuberoa, los territorios vascos en Francia; y lo mismo Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra están en España» (3).

Más aún, el uso de Euskalerria se extendió a lenguas como el castellano y el francés. Varias entidades y publicaciones a ambos lados de la frontera han llevado ese nombre, como:

• La Sociedad Euskalerria, fundada en Bilbao por quien fuera diputado general del Señorío, Fidel de Sagarmínaga, en el último tercio del siglo XIX;
• La revista Euskal-Erria, creada en San Sebastián por José Manterola en 1889;
• El semanario Californiako Eskual Herria, de Los Ángeles (1893-1898);
• El semanario La Platako Eskual Herria, publicado en Buenos Aires, en 1898, ó
• El semanario Eskual Herria, de Bayona, fundado en 1898.

El cantoral vasco incluye innumerables menciones a Euskalerria. Cabe señalar, entre otros, el tradicional canto del pueblo a San Miguel de Aralar, cuyo estribillo dice así:

“Miguel, Miguel, Miguel guria,
Zaizu, zaizu Euskalerria”.

«Miguel, Miguel, nuestro Miguel,
protege, protege a Euskalerria».

El predicador capuchino Juan de Bera, navarro, predica en Oyarzun, Guipúzcoa, el año 1834. El sermón se halla en vascuence –dos primeras páginas– y en castellano –el resto del texto–, que versa sobre San Francisco Javier, del cual se dice:

Jayo cela gure Españian, uskal Errian, Nafarruan”.

«Que nació en nuestra España, Euskalerria, Navarra» (4).

Pero, además de figurar en nombres de entidades, el uso de Euskalerria es normal, sea cual fuere el campo ideológico. Pongamos algunos pocos ejemplos, entre los centenares que se pueden presentar:

• Salvador Castilla Alzugaray (Pamplona 1819-San Sebastián 1884), republicano, pronunció un discurso el 15 de julio de 1878, apelando a los asistentes a seguir amando a Euskal-Erria.

• El novelista Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), natural de Viana, tradicionalista, en su trabajo “De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas” (1877), escribe:

«... Pero ellos no se dan a sí propios ese apelativo, ni el de vascongados, ni otro más que el de escualdunas bajo cuya denominación comprenden a todo el que habla la lengua euscara, sea español o francés, llamando asimismo escualherria, literalmente tierra de escualdunas, a todas las provincias que hablan la lengua euscara y pueblan ambas vertientes de los Pirineos occidentales: navarros, guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos, españoles; suletinos y laburdinos, franceses» (6).

• El dirigente carlista vizcaíno Román Zubiaga, acompañando al entonces Cadete Santiago Palacio en una visita a la Casa de Juntas de Guernica, le dice:

«... Las tribus más celosas de su independencia refugiáronse en las montañas de aquende y allende el Pirineo, constituyendo la Euskalerria, es decir, el país de euscaldunac, de los que hablan el idioma éuskaro...» (7).

• La escritora carlista navarra Dolores Baleztena (1895-1989), natural de Pamplona, utiliza la denominación Euskalerria con frecuencia, por ejemplo en unas notas sobre la civilización vasca:

«... La figura del ‘bersolari’, ese admirable bardo de la Euskalerría genuinamente popular, que con asombrosa agilidad de imaginación y habilidad en versificar riñe torneos de ingenio discurriendo por los temas más dispares [...]. Dignos discípulos del inmortal Iparraguirre, también voluntario de Carlos V, que con su voz arrebatadora, subyugaba auditorios de naciones extranjeras, cantando a la ‘amacho maitia’, al blanco querube de Euskalerría, a España, ‘lur hoberikan, ez da Europa Guziyan’, “la tierra mejor cual no hay otra en Europa”...» (8).

• Jesús Etayo escribe en El Pensamiento Navarro, 17 de mayo de 1921, el artículo “Ante el cuarto centenario de la herida de Íñigo de Loyola”. Entre otras cosas, leemos:

«... Como vascos, porque, a pesar de la gran desviación histórica padecida por nuestra raza, Ignacio era vasco y todos los vascos somos participantes de las glorias de Euskalerria...» (9).

• No estará de más mencionar que la versión vascuence del Oriamendi, Himno carlista dice:

Gora España, ta Euskalerria,
ta bidezko Errege!

Maite degu Euskalerria,

maite bere Fuero zaharrak!”.


En castellano y francés, como se sabe, las designaciones han sido varias para el conjunto de que hablamos: Vasconia, País Vasco, País Vasco-Navarro, Vasconie, Pays Basque.

Cabe señalar que País Vasco es el eco de la denominación francesa Pays Basque, difundida sobre todo en el siglo XIX, y que anteriormente se constata la forma Basque sola, funcionando como sustantivo; por ejemplo, en el famoso mapa de Jean Baptiste Nolin (París, 1704), se lee Mer de Basque, y debajo la forma latina: Tarbellicus sinus.

Señalemos también el uso, aunque limitado, de un nombre de origen libresco: Euskaria, de donde adjetivos como euskaro y euskarien. Las tres formas, no hace falta decirlo, provienen de euskara ‘lengua vasca’. Piénsese, por ejemplo, en la Asociación Euskara de Navarra, fundada en 1877, con su publicación, Revista Euskara, creada el año siguiente.

Poco antes del cambio de siglo, Sabino Arana (1865-1903) creó artificialmente el neologismo Euskadi, con el propósito de desterrar Euskalerria. En 1895 se produce la ruptura entre el Carlismo, los euskalerriakos, dinásticos y tradicionalistas, que por siempre sólo reconocerán España y Euskalerria, y el nacionalismo artificial “vasco”, los antiforales que sólo reconocen Euzkadi, nunca jamás Euskalerria.

Para la creación artificial del neologismo Euskadi, tuvo Arana sin duda presente Euskaria, antes citado, con la incorporación del sufijo locativo –di. Esta denominación, que su creador escribiría con z (Euzkadi), ha tenido un empleo notable entre los nacionalistas. Sin embargo, ya tempranamente se expresaron muchas voces disconformes con tal denominación.

Podemos mencionar, entre otros, los agrios artículos publicados por el polígrafo e historiador pamplonés Arturo Campión, singularmente “Sobre el nuevo bautizo del País Basko”, en la Revista Internacional de Estudios Vascos 1, 1907, págs. 148-153.

El intento de sustituir Euskalerria, en nombre de la artificial ideología nacionalista, produjo muchos incidentes, como el padecido en 1918, en el Primer Congreso de Estudios Vascos de Oñate, por Resurrección Mª de Azkue, quien sería primer presidente de la Academia de la Lengua Vasca hasta su muerte en 1951.

Pasados los años, el empleo de Euskalerria ha continuado, pese a quien pese. Sería ciertamente ocioso traer ejemplos. Baste con remitir a:

• El artículo Vasconia, de la Enciclopedia Espasa (1929), redactado por D. Bonifacio Etxegarai Korta, secretario del Tribunal Supremo y académico de número;
• El Proyecto de Estatuto Vasco-Navarro de las Comisiones Gestoras (Diputaciones), en el que Euskalerria figura como equivalente euskérico de País Vasco-Navarro (1932), o
• La mención del programa de TVE Euskal Herria, apenas iniciada la malhadada transición (1976-1977).

En este contexto, es reseñable la confusión del art. 1 del antiespañol por antiforal Estatuto de Autonomía del País Vasco (1979), cuando dice:

«El Pueblo Vasco o Euskal-Herria [...] se constituye en Comunidad Autónoma dentro del Estado Español bajo la denominación de Euskadi o País Vasco» (10).

Personalidades destacadas, como el ensayista José Miguel de Azaola y otros muchos, mostraron abiertamente su desacuerdo por el texto de dicho artículo y la pretensión de eliminar el nombre Euskalerria.

Así, cuando a Carlos Merino le preguntaran por Euzkadi, respondía: «¡Euskadi no existe! Euskalerria; ése es el nombre correcto» (Revista Punto y Hora, 26 de abril - 3 de mayo de 1979).

Ya en tiempos del Consejo General Vasco, la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia, en sesión celebrada en su Delegación de Bayona, el 26 de enero de 1979, acordó por unanimidad dirigir un escrito a su Presidente, pidiendo que no fuera «relegada la palabra tradicional Euskal Herria» (11).

De nuevo la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia, en sesión celebrada en San Sebastián, el 18 de julio de 2003, en Informe aprobado por el pleno declaraba que:

«Esta institución académica, ajena por completo al terreno político y por encima de todo credo e ideología, y respondiendo a uno de los fines fijados en el Real Decreto 573/1976, de 26 de febrero, por el que se reconoce a Euskaltzaindia – Real Academia de la Lengua Vasca, a saber, el fin de tutelar la lengua, no puede menos de reiterar la propiedad e idoneidad de la denominación Euskal Herria, nombre que pertenece a todos y que en modo alguno debe tomarse en sentido partidista [...].

Esta Real Academia reitera la propiedad, corrección e idoneidad del nombre Euskal Herria para el conjunto de las siete provincias o territorios, nombre no asimilable ni equivalente a cualesquiera realidades político-administrativas. Al mismo tiempo, recuerda la necesidad de respetar una tradición secular que nada ni nadie puede interrumpir o tergiversar». 

NOTAS

(1) Este pasaje está en el prólogo a los vascos (“Heuscalduney”), a continuación de la carta bilingüe (vascuence / francés) que el autor dirige a la Reina Juana de Navarra. Sin paginación. Figura en la página 254 de la edición facsimilar de la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia, Bilbao 1990, edición subvencionada por el Ministerio de Cultura y realizada a su vez partiendo de la edición de Hugo Schuchardt y Theodor Linschmann, I. Leiçarragas baskische Bücher von 1571, Estrasburgo 1900.

(2) Guero, Burdeos 1643, pág. 17. Ver asimismo la edición facsimilar de Euskaltzaindia, Bilbao 1988, edición también patrocinada por el Ministerio de Cultura y publicada al cumplirse el cuarto centenario de Fray Luis de Granada, una de las fuentes conocidas del libro.

(3) Véanse ambas composiciones en la Revista Internacional de Estudios Vascos 3, 1909, págs. 396 y 399, respectivamente. La edición más accesible es quizá la de Álex Bengoetxea, Kantikak eta neurtitzak, Ediciones Mensajero-Gero, San Sebastián 1991. Los pasajes a que nos referimos se encuentran aquí en las páginas 166 y 171, respectivamente.

(4) Francisco Ondarra: “Polikarpo Aitak zituen Euskal Esku-Idatzi Zaharren Aurkezpena”, en la revista Euskera, órgano de Euskaltzaindia, 26:2, 1981 (2); y en el Diario de Navarra, “España, País Vasco, Navarra”, 12-02-2003, pág. 21.

(5) Ángel García-Sanz Marcotegui: “Los liberales navarros ante la irrupción del euskerismo”, en el libro coordinado por Roldán Jimeno Aranguren, El euskera en tiempo de los éuskaros, Gobierno de Navarra-Ateneo Navarro, Pamplona 2000, págs. 145-218; la mención de Salvador Castilla Alzugaray se encuentra en las págs. 152-153.

(6) Carlos Mata Induráin: “Amaya da asiera: La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence”, en la citada obra coordinada por Roldán Jimeno, págs. 113-144; el pasaje mencionado se encuentra en la pág. 120.

(7) José Javier López Antón: Escritores carlistas en la cultura vasca, Pamplona, Pamiela, 2000, pág. 134. Santiago M. Palacio recogió lo escuchado de labios de Zubiaga en su libro El Batallón de Guernica, Editorial Tradicionalista, Barcelona 1917, pág. 80.

(8) Dolores Baleztena Azcarate: Saski naski de Leiza, Pamplona: Diputación Foral de Navarra, Dirección de Turismo, Bibliotecas y Cultura Popular, 1976, pág. 12.

(9) Citado por José Javier López Antón: Escritores carlistas en la cultura vasca, pág. 191.

(10) Ley Orgánica 3/1979, de 18 de diciembre, Boletín Oficial del Estado, nº 306 de 22-12-1979.

(11) Ver el texto en la revista Euskera, órgano de Euskaltzaindia, 24:1, 1979, págs. 115-117.

* Artículo basado en el Informe aprobado por el pleno de la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia, en su sesión celebrada en Donostia / San Sebastián, el 18 de julio de 2003.

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7 jul. 2007

Nota informativa sobre Carta Apostólica “Motu Proprio data”, «Summorum Pontificum»

CIUDAD DEL VATICANO, 7 JUL 2007 (VIS).



La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha emitido hoy una nota informativa [English, Español, Français, Italiano] sobre Carta Apostólica “Motu Proprio data”, «Summorum Pontificum», de la que reproducimos los párrafos más significativos.

«El Motu Proprio “Summorum Pontificum” establece nuevas reglas sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970. Los motivos de esa disposición están claramente explicados en la Carta del Santo Padre a los obispos, que acompaña al Motu Proprio. (Los dos documentos se han enviado a todos los presidentes de las Conferencias Episcopales y a todos los nuncios que los han transmitido a su vez a todos los obispos).

La disposición fundamental es la siguiente: la liturgia romana tendrá dos formas (“usus”):

a) la forma ordinaria: es la que sigue la reforma litúrgica del Papa Pablo VI en el año 1970, como se encuentra en los libros litúrgicos entonces promulgados; hay una edición oficial en lengua latina, que puede utilizarse siempre y en todo lugar y traducciones en diversas lenguas vernáculas, editadas por las respectivas conferencias episcopales.

b) la forma extraordinaria: es la celebrada según los libros litúrgicos editados por el Beato Papa Juan XXIII en 1962».

En el apartado 8 de la nota informativa se lee que «el obispo del lugar puede erigir una parroquia personal siempre que haya un número bastante consistente de fieles que quieran seguir la liturgia anterior. Convendría que el número de fieles fuera consistente, aunque no comparable al de las otras parroquias».

La nota explica también algunas de las características del Misal de 1962:

«Es un misal en lengua latina “plenario” o “integral”, que contiene también las lecturas de las celebraciones (no es distinto del “Leccionario”, como el misal sucesivo de 1970). Contiene solo una oración eucarística, el “canon Romano” (que corresponde a la oración eucarística I del Misal sucesivo, que prevé en cambio la elección entre varias oraciones eucarísticas). Diversas oraciones (también gran parte del Canon) se rezan en voz baja por el sacerdote, de forma no audible para el pueblo. Entre las otras diversidades se puede recordar la lectura del principio del Evangelio de San Juan al final de la Misa. El Misal de 1962 no prevé la concelebración. No dice nada sobre la orientación del altar y del celebrante (hacia el pueblo o no). La carta del Papa prevé la posibilidad de enriquecimientos futuros del Misal de 1962 (inclusión de nuevos santos y prefacios)».

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1 jul. 2007

Bruno Navarro Rousseau-Dumarcet, Carta abierta a la cabo Faye Turney (2007)



Carta abierta a la cabo Faye Turney

Publicada en la revista “Fuerzas de Defensa y Seguridad” nº 350
(Junio de 2007)

El deber de un militar (hombre o mujer, porque dentro de la milicia no hay discriminación respecto a los deberes y obligaciones) consiste, resumidamente, en combatir allá donde nuestra Patria nos lo exija. Punto. Y el deber de nuestro Gobierno es ocuparse de nuestros hijos si caemos. Punto.

Pero por lo visto tú debiste firmar un contrato diferente. Según se desprende de las cartas y entrevistas con que nos obsequiaste desde tu jaula de oro en Irán, tu deber como militar británica destinada en Irak consistía en colaborar servicialmente con el enemigo, sin ni siquiera la excusa de haber sido torturada; humillar públicamente y ante el mundo entero a tu país, ejército, uniforme y bandera; difamar la labor de tus camaradas en Irak; injuriar a tu gobierno que nunca te ha abandonado; y, lo peor, avergonzar a tus compatriotas que se baten el cobre (y mueren) en las arenas del desierto.

Dices que lo hiciste para volver a ver a tu pequeña Molly, pero tú sabes bien que no te pagan por amar, cuidar y ver a tu hija. Te pagan por defender los intereses de tu país, con armas si en el frente y con honor si en prisión. De tu hija ya se ocupará la Nación si tú faltas.

En nuestra profesión es importante saber priorizar. Hay que saber hasta dónde se está dispuesto a llegar, porque se corre el riego de traicionar a los tuyos. Es cuestión de sinceridad con uno mismo. Si por sus hijos una mujer es capaz de cualquier cosa, entonces no puede ocupar cualquier lugar. Es muy legítimo lo primero, pero ambas cosas es irresponsabilidad.

Al alistarte voluntariamente en las fuerzas armadas te expusiste conscientemente al combate, a caer prisionera y a tener que priorizar entre ser madre y ser guerrera. Pero muchacha, tenías que haber escogido antes, mucho antes. La maternidad es algo muy hermoso. De veras que lo es. Y si para ti la maternidad estaba por encima de tu deber como militar, entonces no deberías haberte alistado (o por lo menos no en una unidad combatiente). Pero lo hiciste, firmaste y juraste. Y traicionaste.

Te preguntarás por qué te escribo yo, un español. Te lo diré. Porque tu miserable actuación no sólo ha puesto en tela de juicio a todos los militares británicos, porque con tu notoria y difundida cobardía nos has defraudado a todos, porque con tu innoble proceder has fallado a Occidente.

No compararé tu lamentable papel (ya lo hacen muchos ahora) con el de los trescientos espartanos en el paso de las Termópilas. Es tentador argumentar que si los hombres de Leónidas hubieran sido como tú, probablemente habrían asesinado a su rey para ganarse el favor de los persas y hoy, marinera de agua dulce, estaríamos todos rezando en farsi arrodillados hacia La Meca. Tampoco evocaré a Nelson, Wellington o Montgomery, que también son muy nombrados estos días para abochornarte. No. Me limitaré a recordarte un par de nombres, mucho más cercanos. El primero es Johnson Gideon Beharry. El público español no sabe quién es, pero tú sí, ¿verdad? No, no agaches la cabeza, mírame. ¿Cómo ibas a olvidar al soldado Beharry, del primer batallón del Real Regimiento de la Princesa de Gales? ¿Cómo olvidar a ese muchacho que en 2004 y con sólo 24 años recibió la máxima condecoración al valor que otorga tu país, la Cruz Victoria? Y precisamente en Irak, donde tú te has cubierto de gloria. ¿Te acuerdas cómo con extraordinario coraje salvó por dos veces la vida de sus compañeros, haciendo caso omiso del intenso fuego enemigo que acabó hiriéndole gravemente?

Pero Beharry fue el penúltimo en recibir esa distinción, ya que hace unos meses tu reina entregó la última Cruz Victoria a la viuda de otro compatriota tuyo, del tercer batallón del Regimiento Paracaidista. Bien sabes su nombre: Bryan James Budd. ¿Recuerdas su hazaña en Afganistán? Claro que sí, en tu ejército no se habla de otra cosa. El cabo Budd tenía 29 años cuando su patrulla cayó bajo el fuego cruzado de numerosos ṭālibān. Inferiores en número, sin dónde cubrirse y con el enemigo disparándoles como a patos de feria, estaban siendo masacrados. Sabes lo que hizo Budd entonces, ¿verdad? Ordenó a sus compañeros que se replegaran con los heridos, se levantó y se lanzó al asalto en solitario, a la carrera, fusil en mano, como si de una carga del siglo XIX se tratara. Fue la última vez que se le vio con vida. Llegaron refuerzos y helicópteros y sus camaradas pudieron ir a por él. Y le encontraron. Muerto, junto a los cuerpos sin vida de tres terroristas. Estaba casado, como tú. Tenía una hija de tres años, como tú. Y su mujer estaba embarazada de ocho meses cuando murió… Pero no se excusó en sus hijos para no cumplir con su deber. Tú sí.

Como cabo, eras la sexta en antigüedad de los quince detenidos. Tenías pues una responsabilidad añadida de ejemplo y guía hacia los nueve soldados y marineros bajo tu “mando”. Buen ejemplo les diste. Pero sé que la culpa no es sólo tuya. Más culpables son los dos oficiales (un Teniente de Navío y un Capitán) que estaban presos contigo, y cuyo deber era exigir de todos vosotros un comportamiento honorable y digno frente a vuestros captores. Pero no lo hicieron. Y más culpable aún es tu Gobierno, que no sólo no os juzga por delito de alta traición, sino que os ha permitido enriqueceros con vuestra ignominia.

Sólo me queda esperar que tu preciosa hija, Molly, cuando crezca y sepa lo que hiciste, se avergüence de ti y te desprecie. Como todos.

Bruno Navarro Rousseau-Dumarcet
Sargento de Infantería Ligera

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